Tercera edad y paisajes

Al final está claro que somos lo que somos y por mucho que nos empeñemos en vivir concentrados en ciudades y rodeados de hormigón, donde esté un buen espacio verde rodeado de agua que se quite lo demás. Lo triste es que, fruto del ritmo estúpido de vida del que nos hemos dotado, este retorno a la naturaleza queda relegado a las etapas últimas de nuestra vida.

Aun así, bienvenido sea, porque según un estudio, los espacios naturales proporcionan una terapia que alimenta la salud mental y emocional de la tercera edad. Publicado en ‘Health and Place‘, la investigación probó que algo tan inocente como escuchar el sonido de un río o ver una abeja entre las flores llegan a tener un impacto “tremendo en la salud integral”.

“El tener ese contacto diario con espacios verdes y azules les anima a salir de casa. Además, esto los motiva a mantenerse activos física, espiritual y socialmente, lo que puede bajar el riesgo de enfermedades crónicas, discapacidades y abandono”, Jessica Finlay, una de las autoras del estudio.

“Las generaciones más jóvenes usan la naturaleza para escapar de las presiones laborales, pero nuestros participantes las usaron más para mantenerse activos física, espiritual y socialmente en la vida”, concluyó.

Seguro que llegados a este punto, muchos pensarán que lo que estamos contando es de Perogrullo, y que para llegar a estas conclusiones no hace falta ningún estudio, que resulta obvio. Pero si resulta tan obvio y tan simple, ¿por qué nos seguimos complicando la vida y nos seguimos empeñando en vivir hacinados en grandes ciudades y limitar el correr del agua al momento en que abrimos el grifo y todo el espacio verde que contemplamos es el reducido del tiesto con flores que ponemos en la ventana?

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