reloj

Luz y oscuridad son los dos principales parámetros en los que se organiza la vida. Pero para los humanos, este ‘reloj natural’ o esta división siempre ha resultado pequeña, corta. Y de ahí su empeño en ir acotando los periodos de vida en fracciones. Una obsesión en medir el tiempo que nos ha ocupado y preocupado desde el comienzo de nuestra existencia.

Y para ello, como no podía ser de otro modo, nuestra mirada se dirigió al cielo y a una paciente observación de determinados fenómenos que se reproducían de manera periódica. Al margen de la propia luz solar. Todas las civilizaciones, desde Egipto hasta China, desde México hasta el Cercano Oriente, conocieron el reloj de Sol.

Este tipo de reloj alternó su existencia con otro tipo de ingenios tecnológicos que consistieron en fragmentar la salida de determinados materiales y asignar a ese periodo un lapso de tiempo. Habían nacido los relojes de agua, una vasija de barro que contenía agua hasta cierta medida, con un orificio en la base de un tamaño suficiente como para asegurar la salida del líquido a una velocidad determinada y, por lo tanto, en un tiempo fijo. El cuenco estaba marcado con varias rayas que indicaban la hora en las diferentes estaciones del año.

O los de arena, que funcionaban con el mismo principio. El origen de los relojes de arena es incierto, se cree que los ejércitos romanos los utilizaban durante la noche. También los romanos utilizaban velas para medir el tiempo.

Del mismo modo, los humanos desarrollaron los cuadrantes solares. Son relojes de Sol en los que se lee el tiempo según la longitud de la sombra que proyecta el movimiento del astro luminoso sobre una superficie determinada, que generalmente tiene una escala numerada para señalar la hora.

Instrumentos que convivieron con nosotros durante milenios hasta que la mecánica dio paso a sofisticados mecanismos para medir el tiempo hasta llegar al hasta el reloj de átomos de celsio, cuya precisión se mantiene durante 30.000 años.

Pero lo de la mecánica es otra historia.

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