monogamia

Aparentemente, la monogamia es una rareza en todas las especies que pueblan el planeta; apenas un 5% de todas ellas muestran una tendencia a permanecer unidas a una sola pareja a lo largo de toda su vida. Teniendo en cuenta estos datos, comportamientos como el de los gansos, por ejemplo, que guardan una fidelidad absoluta a lo largo de toda su existencia, pueden ser considerados como extraños.

Ahora bien, son decisiones que el resto de las especies han adoptado en términos exclusivamente de reproducción -y por lo tanto de supervivencia- y no basados en otro tipo de consideraciones de carácter sexual. De hecho, en ese proceso de selección natural, las hembras se decantan por aquellos machos que gozan de mejores condiciones para garantizar no solo la continuidad de la especie, sino con las menores ‘taras’ posibles.

Es decir, nos estamos refiriendo a comportamiento puramente objetivos. En el caso de los humanos, la monogamia o lo que venimos a denominar su antónimo, la infidelidad, tiene que ver más con un comportamiento social que genético.

Por más que haya grupos que se dediquen a estudiar o a buscar unas teóricas bases genéticas de la infidelidad, nos pongamos como nos pongamos, lo nuestro forma parte de un comportamiento social; es decir, aprendido y que se desarrolla con enormes diferencias en función de las culturas dominantes en ese momento.

Del mismo modo, a los defensores a ultranza de la fidelidad, hay que decirles que tampoco busquen ese gen cerebral que nos ligue de por vida a alguien. Si algo nos define como animales es que tenemos una tendencia a vivir en pareja, pero que otros prefieren la soltería. Es decir, que somos “algo monógamos”.

Anuncios