paseando

Seguro que ya ha pasado el tiempo suficiente desde que hizo el propósito de mantenerse en forma en los días de otoño e invierno que se avecinan y la visita diaria o semanal al gimnasio se ha convertido en una auténtica tortura, Vamos que se le agotó la paciencia y el tesón.

Está claro que lo del deporte no tiene porque ser la única vía para mantener a raya el exceso de calorías. El asunto tiene su explicación: nuestro cuerpo -y el del resto de los animales- esta diseñado para ahorrar energía, y lo del ejercicio se reserva para cuando hace falta.

Y como ‘estamos programados’ así, nuestro cerebro intenta economizar todo lo que puede. Y ahora que ya tiene una explicación racional para justificar que no es un vago, que lo que hace es economizar energía, volvamos a la casilla del comienzo.

No estamos diseñados para dejarnos el resuello en el gimnasio, pero somos cazadores recolectores, es decir, que tenemos que movernos para ganarnos nuestro sustento y mantener en equilibrio nuestro organismo y eso lo resolvemos andando.

Y en caminar está la clave para que comer y no engordar sume cero. Y en ese caminar, un simple paseo de cinco minutos por cada hora de trabajo ayuda a prevenir el descenso en la función arterial y la circulación mientras estamos sentados.

Y para vencer esa pereza innata hay trucos, sobre todos mentales. Sobre todo haga cálculos de tiempo y búsquese escusas que le hagan sentir bien consigo mismo. Por ejemplo, si es de los que coge el coche para todo, pruebe a ver cuánto tiempo pierde realmente si hace el trayecto a pie o en el auto y trate de convencerse que evitar un atasco es contribuir a mejorar el medioambiente en su ciudad.

O  cree rutinas donde el paseo forme parte, nada tan agradable como andar en compañía charlando -es igual de agradable que hacerlo sentado en un café- y de paso aproveche para tomar esos ‘baños de sol’ tan necesarios para fijar el calcio a los huesos o adquiera una mascota y salga a jugar con ella por el parque.

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