mentira

La sinceridad  (el antónimo de metir), ir de cara y decir expresar nuestra opinión de manera directa es un valor en alza, sobre todo en determinados programas de entretenimiento o ‘realitys’ de convivencia entre desconocidos. Se exhibe como prueba de autenticidad de determinados participantes y como ejemplo a seguir.

Pues lamentamos desde estas páginas llevar la contraria a tan ‘insignes’ colaboradores. Mentir no está bien, pero ir siempre de frente es casi peor para la sociedad y la convivencia entre humanos. Según un estudio realizado por investigadores de universidades del Reino Unido, Finlandia y México, las ‘mentiras piadosas’ no sólo ayudan a evitar enfrentamientos o herir los sentimientos de los demás, sino que también son una parte fundamental de la formación y consolidación de las comunidades.

Para explicarlo, desarrollaron un modelo matemático sobre cómo crecen los grupos de personas y cómo evolucionan con el tiempo añadiendo la mentira. Descubrieron que las grandes mentiras conducían a la desintegración de las comunidades y, las mentiras piadosas o pequeñas, en cambio hicieron que las conexiones entre las personas mejoraban con el tiempo gracias a ellas.

En el estudio se prueba que algo tan común como decirle a alguien que lo que lleva puesto le queda estupendamente cuando realmente pensamos que está hecho un adefesi@, lejos de perjudicar mejora las conexiones entre las personas.

Otro estudio dirigido por Robert Feldman de la facultad de psicología de la Universidad de Massachusetts logró captar con qué facilidad nuestras conversaciones más casuales están plagadas de verdades incompletas. Se les pidió a dos completos extraños que sostuvieran una conversación informal durante 10 minutos, luego de lo cuál se les pidió que escucharan la grabación.

Antes de verla, los sujetos les dijeron a los investigadores que habían sido completamente honestos en la conversación, pero quedaron asombrados al ver cuánto podían mentir en apenas 10 minutos: 60% de los sujetos mintió en al menos una ocasión, un promedio de 2.92 declaraciones intencionalmente falsas.

También mentimos, curiosamente, porque tenemos un desarrollo cognitivo sano: los niños comienzan a mentir entre los dos y tres años, incluso alentados por sus padres que alientan comportamientos corteses (como agradecer un regalo no deseado en Navidad) como parte de la adaptación al entorno social.

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