Ya hemos comentado en alguna ocasión que los términos inteligencia y política parecen estar reñidos, y que nuestros legisladores -y los del resto del planeta- apenas aciertan cuando se ponen a trabajar.

El caso que nos ocupan tiene que ver con las legislación antihumos. Con fe, los políticos se pusieron a sacar leyes para prohibir fumar en bares, cafeterías y todos los lugares cerrados de uso público y colectivo. Todo en aras de proteger a los fumadores pasivos y a los niños.

Pues ahora, cinco años después se demuestra que la medida ha resultado eficaz para los adultos, pero en cambio es radicalmente negativa para los menores. ¿Por qué? pues por algo que no han previsto los legisladores, que ante la prohibición ha aumentado el consumo de tabaco en los hogares y en los autos. La mitad de los niños son fumadores pasivos.

Y no es una frase hecha o conclusión sacada por pura lógica, sino que son datos que se desprenden de una investigación realizada por científicos de la Universidad de Granada (UGR) y del Instituto de Investigación Biosanitaria.

Concretamente, los investigadores realizaron una encuesta epidemiológica y midieron los niveles de cotinina (una sustancia derivada de la nicotina que se utiliza como marcador de la exposición al humo del tabaco) en muestras de orina de los niños antes de la entrada en vigor de la ley, en los años 2005-2006, y después de hacerlo, en 2011-2012.

“Nuestros resultados indican que la prohibición de fumar en lugares públicos y de trabajo ha trasladado el consumo a lugares privados (hogares y coches), en contra de lo descrito en otros estudios que aseguran que prohibir fumar en bares no hace que aumente el consumo en casa”, apunta la autora principal de este trabajo, Mariana Fernández Cabrera.

La investigadora de la UGR advierte de que son necesarias, por tanto, estrategias más efectivas que reduzcan la exposición al humo del tabaco en población infantil.

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