Ya sabemos que lo del trabajo es bastante más que una maldición bíblica y que sus excesos, además de esa nueva palabreja acuñada para definir una obsesión, workholic, puede acarrearnos serios problemas de salud, incluso aumentar el riesgo de alcoholismo.

El caso es que no todo será bueno -en relación al trabajo decimos- cuando las principales reivindicaciones desde que el ser humano se organizó ha sido reducir la jornada laboral. Pero como no se trata de hacer un post con marcado acento sindical, vayamos por otros derroteros.

Se comenta que pasamos más de una tercera parte de nuestra vida amarrados al banco del trabajo, y que este exceso afecta de manera negativa a nuestras relaciones de pareja, ya que ese tiempo extra dedicado a procurarnos el sustento y, sobre todo, la parte que nos llevamos a casa -sea en forma de trabajo efectivo o sencillamente de los quebraderos de cabeza y preocupaciones que nos procura- acaba minando nuestra vida amorosa.

Pues nada, apunten esta teoría dentro del grupo de las leyendas urbanas. La investigación a la que hacemos referencia subraya que en lo tocante a tener una vida de pareja sana tiene más que ver con el amor que con el trabajo.

Vamos, que si uno está verdaderamente enamorado no hay jornada maratoniana en la oficina que pueda con ella, que sacaremos tiempo de donde sea para que nuestra relación siga siendo estable y que no desaparezca la chispa. Porque en lo tocante al amor, como casi en todo, lo que prima es la calidad y no tanto la calidad.

Así que ya saben, a aplicarse el cuento y nada de culpar al jefe o al trabajo de nuestros fracasos en las relaciones sentimentales.

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