Se trata de una cuestión de física o de matemáticas. La sombra nos persigue -siempre que tengamos un punto de luz que la permita proyectarse sobre el objeto- y se proyecta sobre la superficie.

Siguiendo las teorías físicas, eso quiere decir que los fotones -las partículas que forman la luz- ‘golpean’ la superficie de los objetos empujándolos hacia abajo. Los fotones son energía, es decir no tienen masa, lo que significan que proyectan un peso negativo y hacen que cualquier objeto pese más al sol que a la sombra.

La diferencia, lógicamente es imperceptible, pero eso no significa que no se puedan medir. De hecho los científicos han probado que en un día con sol, vamos un día típicamente mediterráneo, un metro cuadrado de terreno pese un nanokilo más que durante la noche.

El asunto resulta algo más que curioso, es un fenómeno muy estudiado en los viajes espaciales o en el envío de sondas al espacio. Allá arriba la radiación solar no cuenta con atmósfera, y se pueden producir variaciones.

Por ejemplo, un cohete viajando de la Tierra a Marte se desvía por el viento solar unos 1.000 km al final del viaje. Algo que no ocurriría si ‘pudiera viajar a la sombra’.

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