Lo que nos va la carne sobre cualquier otro tipo de alimento es algo que tiene que ver con nuestra propia evolución como especie. Parece que cada vez existen menos dudas sobre esta afirmación.

En definitiva, esta aseveración tan solo viene a confirmar que la evolución de las especies también tiene que ver con la dieta. Y más allá de los gustos de cada cual, que en lo tocante al paladar somos como somos, los estudios científicos evidencian que la ingesta de carne cruda marcó un antes y un después en nuestros antepasados.

En Nature se puede leer la última investigación al respecto. La combinación de carne cruda y el uso de herramientas tuvo un efecto inmediata sobre los homínidos. Se acortó nuestro rostro, se disminuyeron el tamaño de los dientes y esa ‘nueva cavidad’ bucal resultante favorecieron, por ejemplo, que desarrolláramos la capacidad de hablar.

Lo del consumo de carne tiene que ver con la capacidad cerebral: a más cerebro más necesidad de energía, o sea, de proteínas para poder funcionar. Ahora bien, esto parece casar mal con las modificaciones en nuestra anatomía -dientes pequeños-.

Y para ello están las herramientas. El uso de las mismas -que no necesariamente del fuego- redujeron el esfuerzo necesario para masticar. En su estudio, los científicos comprobaron que el hecho de cortar la carne o de ablandar los vegetales golpeándolos con piedras, los primeros Homo erectus habrían necesitado masticar con un 17% menos de frecuencia y con un 26% menos de fuerza que sus predecesores con dientes más grandes y mandíbulas más potentes.

Y este ahorro de fuerza, de energía, pudo ser destinado para evolucionar otras partes de nuestra anatomía, fundamentalmente el cerebro y, por lo tanto, la inteligencia.

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