El hambre, o mejor dicho, procurarnos fuentes de alimentos alternativas es una de las preocupaciones de buena parte de la comunidad científica. Cada vez somos más en el planeta y la super explotación de los recursos conocidos nos obligan a buscar ‘nuevos caladeros’.

Por una parte, es conocido que en lo tocante a la tierra, apenas nos alimentamos de un ‘puñado’ de plantas y semillas, y por otra, muchos investigadores apuntan a la zona en penumbra de los océanos como despensa.

En este área, entre 200 y 1.000 metros de profundidad vive una comunidad de peces, calamares y crustáceos, cuya biomasa sobrepasa todas las capturas de las pesquerías actuales, es decir, casi el 90% del total.

Los peces más comunes son los llamados peces cisterna, el vertebrado más abundante del planeta. Pero existen, seguro, miles de especies que no se han descubierto todavía y que representan una potencial fuente de pescado y ácidos Omega 3, es decir, un alimento completo.

Ahora bien, antes de que se les ponga los dientes largos pensando en comida, la comunidad científica ha puesto la voz de alarma. No vaya a ser que nos lancemos a ellos sin control, como hemos hecho hasta ahora.

Porque según estos científicos, estos peces juegan un factor fundamental en la regulación del clima. Por una parte,  esta comunidad marina proporciona alimento para muchas especies clave, que incluyen atunes, tiburones o ballenas. Y por otra, en sus ‘paseos’ diarios a las capas superiores del océano para alimentarse, consumen plancton, pero transportan carbono hacia el fondo.

Es decir, son un mecanismo rápido de transporte de carbono desde la atmósfera hacia el interior del océano, amortiguando el efecto del CO2 en el calentamiento global.

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