Hay especies a las que acompaña una leyenda negra fabricada artificialmente por los humanos en función de sus propios intereses que las están conduciendo a la extinción. Una de ellas es el lobo, cuyos ejemplares están disminuyendo alarmantemente en todo el hemisferio norte, donde apenas quedan unos 130.000 individuos.

Aunque esta cifra hay que tomarla con mucha cautela, ya que como especie maldita, pocos fondos, o casi ninguno, se destinan para su estudio. Los supuestos paneles de expertos -siempre vinculados a la Administración, es decir fuerte presionados o condicionados por los lobbies de turno, formados básicamente por agricultores o ganaderos- realizan sus cálculos en base a extrapolaciones.

En España, la ‘impresión’ es que apenas se acercan a los 2.000 individuos, y eso teniendo en cuenta que la cifra resulta de extrapolar el número del número de grupos sociales -dos o más lobos que ocupan un territorio y que se pueden o no reproducir- y el número resultante tras el periodo de celo de las hembras.

Pero no todos los grupos de lobos se reproducen con éxito, tampoco se tiene en cuenta el número de cachorros que mueren ni el número de ejemplares en dispersión.

Con estos datos, escasos, el lobo es presa de los grandes depredadores: los humanos que en su proceso de expansión en todos los ecosistemas no tiene en cuenta que la presencia de los grandes depredadores son una pieza clave para el desarrollo de la naturaleza. Preferimos quedarnos con los ‘destrozos’ que supuestamente ocasionan a la ganadería o agricultura.

Con este preámbulo huelga decir que en España, este tipo de estudios brilla por su ausencia. Pero si levantamos los ojos de nuestro solar patrio podemos encontrar, por ejemplo, que  en el Yelloswtone, tuvieron que reintroducirlo después de haber acabado con todas los especímenes en 1920 porque se produjo una superpoblación de ciervos que ponía en peligro la supervivencia del propio parque. Se manifestaban además fenómenos de intensa erosión por la falta de cobertura vegetal.

Otra importante ventaja del lobo, como se comprobó en Polonia, es que la labor de estos cazadores proporcionar un recurso alimenticios para otras muchas especies animales, como mamíferos y aves que se alimentan de las carroñas de los lobos. Eso por no hablar de los insectos que se alimentan de carroñas y que forman parte de la cadena trófica.

Del mismo modo, se ha comprobado que los lobos cazan a las presas con peor condición física, es decir, que indirectamente contribuyen a realizar una limpieza genética y mantener poblaciones sanas -los mejores ejemplares- de hervívoros, que curiosamente en España estamos muy interesados en introducir en determinados ecosistemas -¿será por la presión de los propietarios de los cotos de caza?-.

Claro, que estos ‘poderes fácticos’ no se pregunten si con lobos sueltos se habría evitado el crecimiento de brotes de sarna de la población de rebeco cantábrico que han asolado recientemente sus poblaciones, provocando mortandades locales de hasta un 80%.

Son apuntes que debieran hacernos preguntar si realmente, los lobos son tan malos como los pinta el Cuento de Caperucita.

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