Ordenadores, tablets, smartphones…  han provocado un cierto mestizaje lingüistico que ha derivado en una relajación general en torno a la ortografía. Cada día escribimos peor, nos dejamos llevar por la supuesta credibilidad de los correctores automáticos y esa suerte de perfeccionistas a los que nos duele como una patada en los mismísimos comprobar como se deslizan esas ‘erratas’ de manera habitual en los textos nos ha caído el calificativo de “odiosos”.

Y no tanto porque el ser ‘el Pepito Grillo’ de los tipos correctos, si no porque  este afán perfeccionista acaba por trasladarse a otras esferas de la vida. O si lo prefieren, que esa intolerancia a lo gramatical y ortográficamente correcto se acaba por trasladar al carácter: acaban (mos) por convertirse (nos) en sujetos menos tolerantes o amables con los demás-

Así lo pone de manifiesto un estudio realizado en la la Universidad de Michigan. La investigación puso en relación la ‘obsesión’ por corregir textos mal escritos con otros rasgos de su carácter y puso de manifiesto que el afán por lo ortográficamente correcto correspondía con personas meticulosas, más introvertidas e intolerantes ante el yerro, en general.

En cambio, los transgresores se mostraban como gente mas lasas, más proclives a aceptar la capacidad de equivocarse propia y ajena y más extrovertidos.

Aunque no dudamos de la buena voluntad de los autores de la investigación ni tampoco de su método, el estudio no deja de ser un tanto peregrino y sus conclusiones revisables. Aunque errar sea humano y haya que aumentar el umbral de tolerancia frente al fracaso, ¿Que tiene de malo hacer las cosas bien? O como decía mi abuela escribir como Dios manda.

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