Las células de cualquier organismo están programadas para morir, para agotarse y dejar de funcionar en un momento dado. Una programación que llevamos ‘impreso’ en nuestro ADN y que marca ese punto y final para darle paso a otros individuos de nuestra especie.

Eso, siempre y cuando no nos crucemos con otro en el camino, o mejor dicho, en la escala trófica, que nos aparte del mismo de manera violenta. Ya sabe que lo de formar parte de la dieta de otros no se elige. El caso, es que la vida nos preocupa, sobre todo a los humanos.

Por ello y a modo de curiosidad ha de saber que somos una de las especies más longevas, pero no la que más vive. Así que allá van unos pocos de datos. Los pequeños mamíferos, como por ejemplo las ardillas, suelen vivir en torno a los 10 años, los grandes (osos u elefantes) entre 30 y 50, mientras que las aves suelen ‘acompañarnos’ entre 20 y 30. Los reptiles suelen tener una media de vida algo más elevada y se acercan a los 60.

Aunque la palma se la llevan las tortugas, centenarias ellas, y sorprendentemente algunas ballenas. Según los científicos, el 5% de la población mundial de ballenas tiene más de un siglo y en algunos casos se han encontrado ejemplares con entre 160 y 180 años.

Nuestros 80 años de promedio, no obstante, nos sitúan en la tabla alta de la longevidad.

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