Para muchos, entre los que me incluyo, lo del café nada más despertar se puede considerar más que una necesidad. Eso de ir arrastrándome hasta la cocina, dando tumbos y tropezando contra todas las paredes hasta que doy un sorbo al brebaje representa todo un ritual mañanero.

Ahora bien, científicamente hablando, esa adicción matutina a la cafeína no necesariamente tiene que ver con las necesidades reales de estimulación de nuestro reloj biológico y mucho con las necesidades psicológicas a las que nos habituamos.

Podríamos afirmar que los relojes biológicos de nuestro organismo se reducen a tres: el circadiano, que establece los periodos de sueño, el ultradiano es el que pide descansar cada 90 minutos y el del cortisol, que tiene que ver con el estrés y el nivel de alerta.

Así que centrémonos en el último que es, en definitiva, el que nos exige que estemos despiertos y nos pongamos ‘las pilas’, que es lo que pretendemos con el humeante café.

Pues sepan que los mayores niveles de cortisol los tenemos entre las ocho y las nueve de la mañana, es decir que no necesitamos estímulos extra so pena de sobreestimular a nuestro organismo con cafeína.

Del mismo modo, los niveles de cortisol marcan incrementos hacia las 13 y entre las 17.30 y las 18.30. Así que ya saben, según este cuadro, el primer café -o estimulante- recomendado se debiera tomar entre las 10 u 11 de la mañana y el resto de las tazas fuera de los períodos marcados con picos de cortisol para no alterar el ritmo natural que lleva el organismo.

Curioso. Pero yo, al menos por las mañanas, no me siento capaz de explicárselo a mis neuronas.

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