Los ‘papas’, hiperprotectores ellos, acaban por imponer una serie de hábitos a los más pequeños que poco o nada tienen que ver con la realidad y que se acaban de extendiendo como las manchas de aceite.

Por ejemplo, esa manía de que hay que hacer la digestión antes de bañarse, o sea, que si comemos debemos de esperar entre 30 minutos y hora y media antes de que el peque de turno se de un chapuzón en el agua de la playa o de la piscina.

Pues fuera mitos de una vez por todas, la digestión no solo no se corta, sino que este proceso de convertir el alimento ingerido en nutrientes para el cuerpo no se ve afectado en lo más mínimo por permanecer en contacto con el agua.

Lo que ocurre, hallamos comido o no, es que un brusco contacto con agua fría tras permanecer expuestos al sol durante largo periodo de tiempo, se produce un cambio brusco de la temperatura corporal y eso nos puede provocar ‘el susto’. Así que a mojarse poco a poco o a refrescar nuestra temperatura corporal de manera gradual, es decir, a bajarla mojando la nuca.

Como tampoco es cierto ese soniquete de que tomamos un heladito después de comer porque nos ayudan a hacer la digestión. De eso nada, son ricos y alegran el paladar, pero los helados suponen, en general, un aporte extra de grasas y azúcares que lo que conducen es, precisamente a lo contrario, a la pesadez de estómago.

A estas alturas de la película, desde MqC no nos vamos en convertir en detractores de la siesta, y menos en verano, pero nada de prolongarla durante más de 30 minutos. La posición horizontal, primero, y el calor, después, no favorecen la digestión. Y los dormilones que sepan que se exponen a levantarse sudando y con la sensación de estómago pesado.

Y por último, eso de que hay que evitar bebidas frías es otro mito a desterrar. Precisamente nos ayudan a regular la temperatura corporal, otra cosa es que si abusamos de los zumos o bebidas dulces podamos provocarnos una diarrea. Pero no por su temperatura, si no por su composición.

Lo dicho, feliz verano.

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