Ahora que quien más o quien menos acaba poniendo su cuerpecillo al sol, ya sea de manera voluntaria o porque no le que queda otra, no está de más recordar que la energía procedente del astro rey, tomado en las dosis adecuadas y con la protección precisa, nuestro organismo la metaboliza en vitamina D.

O sea un nutriente esencial para la creación de calcio, o sea para nuestros huesos. Pero también resulta vital para los músculos o, en general, para el sistema inmunitario, ya que actúa a modo de gasolina para la transmisión de las señales de alerta cuando nos atacan virus o bacterias.

Ciertamente, esa vitamina, ademas de la exposición a los rayo UV la podemos obtener a través de la alimentación:  de los nuevos, la leche o las conservas de atún en aceite o las setas, entre otros grupos de alimentos, pero no me negarán que resulta ‘más barato’ obtenerla mientras paseamos o descansamos al sol plácidamente cuando no está ‘en todo lo alto’.

Y ojo, que la ausencia de esta vitamina está detrás de numerosas enfermedades. Incluso, se especula que el genial Mozart podría haber evitado su temprana muerte de haber dedicado una parte de su tiempo a disfrutar del campo y pasear al sol.

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