Dicen que el rostro es el espejo del alma y quizás por la falta de expresividad de los peces hemos conluído, los humanos por su puesto, que no sienten dolor. Y nada más lejos de la realidad, la percepción sensorial de los seres acuáticos resulta, poco más o menos, similar al resto de las especies animales. O sea que sufren tanto como los demás.

El caso es que con los peces mantenemos una cierta indiferencia como especie. Les atribuimos poca o nula capacidad de memoria, lo que se ha demostrado falso, tampoco les otorgamos gran inteligencia -a pesar de que ballenas, defines o tiburones demuestran que sus neuronas funcionan correctamente- y como decíamos les negamos la capacidad de padecer sufrimientos.

“A pesar de que los científicos no pueden dar una respuesta definitiva sobre el nivel de conciencia de cualquier vertebrado no humano, la amplia evidencia de la sofisticación y la percepción del dolor conductual y cognitivo de los peces sugiere que la mejor práctica sería la de prestar a los peces el mismo nivel de protección que a cualquier otro vertebrado”, explica Culum Brown, un investigador australiano en un reciente estudio.

Por ello, Brown reclama que “deberíamos incluir a los peces en nuestro ‘círculo moral’ y darles la protección que merecen”.

Anuncios