Si hacemos caso a las estadísticas y nos guíamos por los promedios, resulta que como adultos pesamos 10 kilos más que hace cincuenta años. O sea, que en lo tocante a cultura y salud alimentaria vamos como los cangrejos, para atrás. Y si quieren leer otras estadísticas, hemos añadido en torno a los doscientos mil millones de euros al gasto sanitario por los problemas derivados del sobrepeso

Así que, manos a la obra, y todos -más o menos- a dieta. Y mientras no inventen la ‘pildora de adelgazar’,  por mucho que alguno se afane en publicitar que está en su poder no le crea, debe de saber que al margen de comer menos de lo que gasta y en las proporciones adecuadas, es decir, la alimentación equilibrada, la clave está en nuestro cerebro.

En concreto, en la parte que controla nuestras emociones, ya que esta parte es la encargada de controlar la tensión y el estrés. Los centros que provocan el miedo, los mecanismos de recompensa y el hambre son los elementos a regular.

Al margen de los problemas genéticos, que requieren otro enfoque, las investigaciones ponen el acento en que el estrés juega un papel importante en el aumento de peso. Muchas personas bajo estrés recurren a la comida como solución inconsciente.

Cuando estamos en tensión varían los mecanismos de respuesta y se aumentan los valores de recompensa en los alimentos, aumentando el hambre de hidratos de carbono y disminuyendo la tasa metabólica, o sea, a engordar.

Parece pues, que el futuro no está tanto en el endocrino como en el neurólogo.

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