Lo de los fósiles, encontrarlos, no deja de sorprender a los investigadores. No solo nos dan pistas de la forma o tamaño de esos antiguos parientes que habitaron el planeta, también nos pueden informar de hasta los hábitos alimentarios o describir la compleja cadena trófica.

Es tan solo cuestión de ‘mala suerte’, porque no hay que olvidar que un fósil nos ofrece una radiografía o instantánea de un hecho luctuoso que acabó convirtiendo a ese ser vivo en mineral. Y esa conjunción de mala suerte ha deparado la imagen (en piedra) de una serpiente joven que cayó al foso de Messel (Alemania), un lago tóxico.

Hasta aquí normal, pero el caso es que esa joven serpiente antes de su ‘accidente’ había devorado a una especie de iguana, que a su vez, se había comido a un insecto. Y claro, ninguno de los tres había hecho la digestión. Es decir, que el resultado es similar a la de las muñecas rusas que esconden otra en su interior, y dentro de esta otra… y así sucesivamente.

Todo esto ocurrió hace unos 48 millones de años y la instantánea de la cadena alimentaria ha resultado una valiosa prueba de cómo se comportaban estos saurios.

“Lo común es que esos registros solo abarquen dos niveles tróficos. Encontrar un fósil preservado como contenido intestinal que, además, contenga restos de su última comida, brinda información mucho más profunda”, asegura a National Geograhic Jürgen Kriwet, otro investigador que tuvo la ‘fortuna’ de encontrar el fósil de un tiburón que a su vez había devorado un anfibio que tenía en su intestino restos de un pescado.

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