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Hoy toca hablar de sexo… otra vez. Bueno, para ser más preciso, de atracción. Ese nosequé que hace que perdamos el sentido por alguien. Aunque mi amigo y compañero de blog Eduardo Costas se ha decantado siempre por algo tan frío como la simetría a la hora de establecer esa guía invisible que nos dirige hacia el ser amado, yo personalmente me he decantado por la cuestión de las hormonas, ya saben por aquello de la química.

La discrepancia forma parte del quehacer científico, es lo natural,  pero hete aquí que vienen unos israelíes y pretenden ponerlo todos patas arriba: ni simetrías ni feromonas, la cosa —según ellos— tiene que ver con algo tan tontorrón como compartir una serie de genes en la pareja. Seguir leyendo

Amor en el Pleistoceno

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A los que se preocupan por los asuntillos de la mezcla, el mestizaje o la promiscuidad, les podemos decir aquello que de “casta le viene al galgo”. Vamos, que lo de la interraciabilidad, a los humanos nos viene de antiguo.

Las últimas investigaciones, gracias al ADN, demuestran que allá por el Pleistoceno tardío, los euroasiáticos pertenecíamos a cuatro líneas de especies humanas diferentes: los Sapiens, los Neandertales, los Denisovanos y una cuarta que aun no se ha podido determinar.

Y no era una cuestión de vivir en el mismo espacio, sino también de mezclarse entre sí, de tener descendientes comunes, lo que se ha traducido en un batiburrillo de genes de lo más interesante. Seguir leyendo

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Parece claro que la amistad y convivencia entre humanos y perros parte del principio universal de colaboración y de ayuda mutua entre dos especies diferentes. Luego vino lo de la domesticación y sumisión de los segundos a los primeros. Quedémonos con lo positivo. Mientras que los humanos encontraron en la asociación a un buen compañero de correrías de caza o un buen pastor que protegiera sus intereses —no cabe duda de que sus capacidades auditivas y para seguir rastros son infinitamente superiores—, los perros obtuvieron a cambio la posibilidad de comer todos los días sin grandes esfuerzos —y en el mundo salvaje, ya sabemos lo que cuesta procurarse el alimento—.

Y ya se sabe, esos lobos se acomodaron a eso de tener garantizado un plato de comida en su mesa.  Más o menos estos argumentos son coincidentes  y no están en cuestión entre arqueólogos, biólogos y demás estudiosos en la materia. Resulta un claro ejemplo de la adaptación de las diferentes especies a los entornos. Lobos convertidos en mansos, o mejor dicho, redirigiendo sus instintos más fieros hacia otros cometidos. A partir de ese punto, el resto fue una cuestión de genética, de que esos lobos fueran modificando sus genes hasta tal punto que acabaron dando cabida a una nueva rama evolutiva: la de los cánidos.

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Diferencias en el rostro

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Dicen que todos tenemos un doble repartido por el mundo —los más afortunados, compartieron útero con él—. Alguien cuyo rostro se parece al nuestro como dos gotas de agua y del que siempre tenemos referencia gracias a algún amigo o conocido que se ha topado casualmente con él. Y debe de ser así, lo de las gotas de agua —lo del doble preferimos dejarlo en su papel de leyenda urbana—, porque todo el mundo sabe que no existen dos gotas iguales. Ahora bien, lo que seguro que no es tan común es saber que tampoco existen dos caras iguales. Seguir leyendo

Placer, odio y recompensa

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El odio, o si lo prefieren la sed de venganza, es uno de los motores que mueve la historia. Estamos ante unos sentimientos tan primarios y primitivos como los mismos seres humanos y que han sido el detonante de algunas de las tragedias más infames de la humanidad en forma de holocaustos y otros comportamientos que para algunos son inherentes a nuestra condición. En alguna ocasión hemos comentado que la línea que separa el odio del amor es muy delgada y que los caminos cerebrales —neuronales— entre ambos sentimientos son bastante comunes y discurren en paralelo.

Ahora, un nuevo estudio aporta nuevos datos a esta aseveración: que podemos sentir placer o bienestar cuando vemos sufrir a los que odiamos. Eso asegura un grupo de investigadores, quienes han comprobado cómo los mecanismos cerebrales de recompensa, los que nos reconfortan o nos dan placer al ejecutar una acción se activan cuando contemplamos el padecimiento de quienes nos causan el mal.

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La inteligencia como raza

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Medir y clasificar. Menuda tarea y menudos problemas que a veces acarrea. Los humanos somos especialistas en complicarnos la vida de manera innecesaria; o mejor dicho, nos la complicamos con abyectas intenciones que intenten dejarnos por encima de nuestros semejantes. El concepto de supremacía —que no necesariamente significa estar en la cúspide de la pirámide de cualquier ecosistema— resulta peligroso aplicado al reino animal, pero si se aplica dentro de los especímenes de la misma especie, puede ser malvado.

Está claro que no todos somos iguales, la genética y el ambiente hacen que algunos sobresalgan por sus habilidades, sean intelectuales o físicas. Unas diferencias que podrían aplicarse a las diferentes razas, pero extrapolar esas características especiales a cuestiones como la inteligencia es adentrarse en un mundo complicado y avieso, porque construir una teoría sobre la supremacía de las razas —o arrogarse ser el pueblo elegido— ya sabemos a qué acaba conduciéndonos. Seguir leyendo

Perfume de humanos

perfume de humano

La naturaleza nos ofrece una gama innumerable de olores que nos resultan muy atractivos o sugerentes. De hecho, en todas las culturas y civilizaciones hombres y mujeres ocultamos nuestro propio olor —y estamos hablando del bueno, no del mal olor— con una serie de afeites y perfumes. De los más fuertes a los más suaves, casi todos utilizamos algún tipo de colonia, ya sea al salir del baño o a la calle.

Un nuevo y lamentable error —y ya hace tiempo que dejamos de llevar la cuenta—. Parece que a los humanos el olor que realmente nos atrae es precisamente ese, el de humano. Eso demuestra una investigación llevada a cabo en Alemania. Y lo curioso no solo resulta que prefiramos el perfume que desprende nuestro cuerpo, sino que este puede resultar un elemento determinante a la hora de elegir pareja. Seguir leyendo

¿Se puede heredar la estupidez?

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Cuántas veces hemos oído eso de “su padre era ya listo así que el hijo debe serlo también” solo por el hecho de pertenecer a la misma familia.

¿Cuánto hay de verdad en todo esto? ¿Es posible heredar la estupidez o la genialidad? ¿Hay algo en nuestros genes que nos predetermine a ser psicópatas o grandes genios? ¿O sólo es una leyenda urbana eso de que las cualidades no físicas se encuentran en los genes, y que es posible saber si uno será bueno en matemáticas conociendo su estructura genética? Seguir leyendo

Hombres, mujeres y viceversa

Una mujer y un hombre, heterosexuales se entiende, jamás podrán ser solo amigos. ¿Cierto? Como cliché es una cuestión que ha llenado horas y horas de interminables y agradables charlas de café y cuya afirmación encuentra vehementes defensores y detractores, basándose casi siempre en las experiencias personales o narradas en tercera persona pero muy próximas.

Hay quien afirma sin rubor que haberla hayla, pero que si es posible es porque siempre, y recalcamos el adverbio, una de las dos partes ha de controlar sus impulsos sexuales hacia la contraria (normalmente el varón), cuando no son las dos las que refrenan y/o abortan los impulsos y deseos sexuales. Vamos, que es algo de nuestra naturaleza y cuando se encuentran un espécimen XX con uno XY se activan, y de qué modo, los instintos de reproducción y, por lo tanto, las ganas de ejecutar el ayuntamiento. Seguir leyendo

copyright todocoleccion.net

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Tal vez por falta de tradición militar, reconozco que no me deslumbran los héroes fanáticos que tanto abundan en la Historia. El caso es que, poniéndome en la piel del almirante Pascual Cervera y Topete, creo que se le debió hacer muy larga la noche del 2 al 3 de julio de 1898 en el puerto de Santiago de Cuba. En unas horas debía acatar una orden ajena al sentido común: salir con su escuálida flota a enfrentarse con la todopoderosa armada norteamericana. Una carnicería segura.

Poco antes había burlado con éxito —pese a su obsoleta armada— el bloqueo al que la moderna marina yanki sometía a la isla, llevando tropas y suministros de refresco para la última gran colonia de un antiguo imperio. El dilema era grande: obedecer la orden y ganar fama de héroe o hacer caso a su conciencia e intentar salvar a la marinería (incluso a fuer de arrastrar su prestigio como militar). Hombre de conciencia, mantuvo a sus barcos muy próximos a la costa optando así por preservar la vida de su tropa. Para mí, un marino ilustre.

El azar ha querido que, 114 años después de esa hazaña, una de sus tataranietas investigue con talento y tesón en nuestro laboratorio de genética. Del viejo marino ha heredado el apellido Cervera, curiosamente completo e inalterado, algo poco común en España, donde el paso de generaciones suele venir aparejado a cambios en vocales y consonantes, y una dieciseisava parte de sus genes (un modesto 6%) que se reducirá a la mitad si decide tener descendencia. Lo que perdure en ella de los pensamientos, ideas y sentimientos de don Pascual resulta imposible descifrarlo. Seguir leyendo

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