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Las habilidades genéticas siguen sorprendiéndonos, al menos a los más profanos en la materia. Sobre todo cuando hablamos de esas huellas que llevamos impresas desde que nacemos y que pueden convertirse en un salvavidas natural ante los peligros.

Nos valemos de nuestros sentidos para mantenernos en alerta y en función de la especie que tratemos destacan unos sobre otros. Partamos de la base que la cadena natural hace que cada animal cuente con su propio depredador y centrémonos en el olfato, quizá el menos desarrollado en nosotros pero el sentido que más satisfacciones da a otras especies. Seguir leyendo

Olisqqueo que alguien viene (Kalúa)

Olisqueo que alguien viene (Kalúa)

Cuanto más tiempo paso con mi perro, mayores cualidades descubro de estos animales de compañía que me acercan a su universo y me separan del de otros mortales con los que convivo habitualmente. Ciertamente, al menos en mí, parece cumplirse la vieja máxima de que “cuanto más gente conozco, más valoro a mi perro”.

Y sin caer en la indolencia, me explico. Cuando Kalúa —mi mestiza— se reencuentra con sus humanos favoritos, tras una separación, es como si lo presintiera. Como que nos huele. Y no es que la Kalu sea más lista que el resto de sus congéneres; sencillamente, se trata de que los perros asocian imágenes a olores, sobre todo si son agradables, y como tienen mejor desarrollado el instinto del olfato que nosotros, pues simplemente anticipan sus reacciones.

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Olfateando la grasa

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De sobra es conocido que a pesar del tamaño de nuestras narices, el sentido del olfato no es de lo mejor que poseemos los humanos; y eso que es de los sentidos que más pronto se desarrollan. Aun así, a medida que avanzan las investigaciones científicas —y no hay que olvidar que si en algo somos especialistas, lo seríamos en mirarnos al ombligo y en profundizar en el conocimiento de nuestro cuerpo y sus órganos— no dejamos de asombrarnos al descubrir nuevas habilidades.

En concreto, de las últimas en publicarse es la capacidad que tiene nuestro sentido olfativo en detectar la grasa de los alimentos. Bastó que un grupo de curiosos —científicos, se sobreentiende— pusiera a prueba nuestro olfato mediante una serie de test ciegos en los que los participantes tenían la tarea de decidir cuáles de las muestras de leche que les pusieron delante de sus narices tenía más grasa. Seguir leyendo

Olfato de mosquito

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Seguimos a vueltas con los mosquitos y sus curiosos hábitos… Esos colegas que no se separan de nosotros y que nos ayudan a desprendernos de nuestros excedentes de sangre. Si no fuera porque transmiten enfermedades tan graves como la malaria, el paludismo, el dengue o la fiebre amarilla, entre otras, no dejarían de ser una simple anécdota, molesta pero menor, en nuestra existencia.

El caso es que aunque en el acerbo popular no se los considera como animales nocturnos, lo cierto es que lo son y tanto o más que los murciélagos o vampiros. Los científicos, curiosos ellos, los analizan con lupa y hace poco han llegado a una conclusión: trabajan de noche porque es durante este periodo cuando afinan su olfato y son capaces de reconocernos mejor (o sea, una cuestión de eficacia). Porque en ellos, en los insectos, no es tanto el sentido del gusto, sino el del olfato, el que les determina cuáles son las piezas más apetitosas.  Seguir leyendo

¿Carne o pescado?

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Cuando pasas unas vacaciones en zona costera, como ha sido mi caso, el consumo de pescado es muy superior al que hago cuando estoy en Madrid. Y eso que estoy convencido de que a Madrid llega el mejor pescado de toda España… pero seguramente no al mismo precio.

Disfrutando de pescados varios y variados, mi padre me preguntó con curiosidad por qué creía que los niños preferían la carne al pescado. La verdad es que nunca lo había pensado, pero sí es cierto que, en muchos casos, entre un pescadito, una hamburguesa o perrito caliente, los jóvenes de la casa escogen la carne antes que el pescado. ¿Por qué será? Seguir leyendo

Olor a tabaco, un mal menor

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Los occidentales nos hemos salido con la nuestra —o con la suya vaya usted a saber— y hemos proscrito el tabaco casi definitivamente de lugares públicos concurridos. Sus detractores afirman sin mayor rubor que no solo hemos ganado en salud —lo que es cierto— sino también que ha desaparecido de nuestro hábitat diario el molesto e incómodo olor del humo del tabaco que se pegaba a la ropa como un parásito.

No hace mucho tiempo, por estos derroteros transcurría una amena conversación de sobremesa —en un local libre de humos, por su puesto—. Y lo hacía con tanta unanimidad en los comentarios que, llegado a este punto de tal coincidencia, no pude evitar la tentación de abstraerme, ensoñar y poner a trabajar a mi nariz. Ciertamente, en el local no había atisbo de ese hasta hace poco detestable aroma a tabaco en combustión, pero como en las malas experiencias, su lugar había sido rápidamente ocupado por otro tipo de fragancias. Seguir leyendo

Cerveza y dopamina: más allá del sabor

Half-full beer on the wooden table

Quitar lo que se dice quitar la sed, ciertamente lo hace, pero enfermos al margen, el agua no deja de ser una bebida que, comparada con otras —como por ejemplo la cerveza—, provoca una cierta melancolía. Y si no, imaginen en estos días donde el calor aprieta… a un extremo de la barra pongan una jarra de agua fresquita y en el contrario, una copa helada conteniendo esa bebida amarilla rematada en espuma en su parte superior. No hace falta recurrir a la estadística para afirmar que la abrumadora mayoría se decantará por la cerveza.

Seguro que entre los amables lectores alguno habrá que dude de tan categórica afirmación. Para ellos, para los escépticos, va dedicado el siguiente razonamiento: la dopamina es la responsable de que prefiramos la cerveza al agua. En ocasiones la ciencia es una buena sustituta de los fríos números y sepan que con solo el olor, ni siquiera hace falta recurrir al paladar, se desencadenan en nuestro organismo una serie de reacciones que derivan en la producción de dopamina. Seguir leyendo

Olores en la sangre

corazon que huele 

¿Esta usted seguro de que solo huele por la nariz? Y si le decimos que es posible que no, que también capte olores a través de otros órganos de su cuerpo, ¿cómo se queda? Hasta ahora, todos los estudios biológicos situaban en todos los animales la capacidad de oler en torno a la nariz y el hocico, aunque esta teoría podría echarse por tierra en los próximos años.

Cada especie desarrolla este sentido de acuerdo a sus propias necesidades —la evolución ha marcado sendas y capacidades diferentes—. Así, hay animales, como los osos o los tiburones, que son capaces de detectar la presencia de otros a kilómetros de distancia; y otros, como los topos, que huelen en estéreo; o nosotros mismos, que quitando determinados individuos que se dedican a las catas, somos capaces de oler más bien poco.

El olfato se percibe a través de los receptores olfativos. Es decir, a través de unas terminales donde se alojan los compuestos químicos volátiles responsables de los olores. Estas terminaciones los captan y activan señales que mandan al cerebro, que a su vez actúa para procesar y reconocer esos olores.

Tradicionalmente se pensaba que esta labor se realizaba en exclusiva por un órgano, la nariz, donde se situaban de manera específica estos filtros. Pero recientes investigaciones presentadas en la Exposición Nacional de la Sociedad Americana de Química (abril de 2013) revelan que también existen en las células de la sangre. O sea, que es posible que también el corazón capte los olores.

Ciertamente, el equipo de investigadores solo ha detectado su presencia y que están activados, pero aun no ha sido capaz de determinar qué papel cumplen realmente en nuestro organismo. El equipo investigador comprobó mediante un experimento sencillo que las células sanguíneas eran capaces de desplazarse hacia el olor que desprendía un pocillo donde habían depositado una sustancia odorante; es decir, se sentían atraídas por el olor debido a la activación de sus receptores olfativos.

Ahora bien, eso no tiene por qué llevar aparejado la afirmación de que el corazón, por ejemplo, sea capaz de oler la comida que acabemos de deglutir, aunque sin duda abre un interesante campo a la investigación para conocer mejor esa clasificación que hacemos entre el tipo de alimentos que nos resulta apetitoso y el grupo de los que no.

También habrá que profundizar en el descubrimiento y observar si esa particularidad de las células sanguíneas es exclusiva de los humanos o también es extensiva a otro tipo de especies. Porque, de ser así, también se abrirían numerosos campos para descubrir.

Pero eso, de momento, es harina de otro costal.

Olfato desde el feto

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En la práctica diaria, los sanitarios utilizamos algún que otro truco para mitigar el mal trago que para los más pequeños suponen algunas técnicas realizadas en consulta, como las tan necesarias vacunas. Devolver al bebé inmediatamente tras el aguijón a los brazos maternales es uno de los infalibles.

Al instante, los lactantes cesan el llanto y recuperan la tranquilidad. Este poderoso elixir sedante nace del reconocimiento odorífero materno. El perfume de mamá.

La primera impronta sensorial para el reconocimiento entre madre e hijo ocurre en el útero. Seguir leyendo

Aromas con recuerdo

aromas para el recuerdo

Escuchaba el otro día una anécdota sobre un recuerdo con aroma propio. La protagonista presenció un desgraciado accidente en su infancia justo al pasar por la pastelería que cada día aromatizaba su trayecto a la escuela con su fragancia a croissant. Desde entonces, cada vez que percibe olfativamente este manjar de repostería rememora el incidente. Y yo, al escucharla, me interesaba por este sentido cuya fuerza desconocía.

Algunos expertos consideran que el olfato es, de nuestros cinco sentidos, el menos comprendido. Platón opinaba que, comparado con la vista o el oído, “el género de los placeres relativos a los olores es menos divino”.

Desde el punto de vista químico, la olfacción se inicia con la interacción entre las moléculas odorantes y los receptores. El olfato es en parte analítico, como la audición, y se genera como consecuencia de un aprendizaje (por ello, los catadores de vino aprenden a identificar los distintos componentes que contienen los ricos caldos). También posee, como la vista, un carácter sintético. El ojo integra toques de color cercanos unos de otros para obtener una visión de conjunto. De igual modo, el olfato percibe un olor de conjunto, aunque debidamente adiestrado identifique algunos de sus componentes.  Seguir leyendo

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