perrocomida

Parece claro que la amistad y convivencia entre humanos y perros parte del principio universal de colaboración y de ayuda mutua entre dos especies diferentes. Luego vino lo de la domesticación y sumisión de los segundos a los primeros. Quedémonos con lo positivo. Mientras que los humanos encontraron en la asociación a un buen compañero de correrías de caza o un buen pastor que protegiera sus intereses —no cabe duda de que sus capacidades auditivas y para seguir rastros son infinitamente superiores—, los perros obtuvieron a cambio la posibilidad de comer todos los días sin grandes esfuerzos —y en el mundo salvaje, ya sabemos lo que cuesta procurarse el alimento—.

Y ya se sabe, esos lobos se acomodaron a eso de tener garantizado un plato de comida en su mesa.  Más o menos estos argumentos son coincidentes  y no están en cuestión entre arqueólogos, biólogos y demás estudiosos en la materia. Resulta un claro ejemplo de la adaptación de las diferentes especies a los entornos. Lobos convertidos en mansos, o mejor dicho, redirigiendo sus instintos más fieros hacia otros cometidos. A partir de ese punto, el resto fue una cuestión de genética, de que esos lobos fueran modificando sus genes hasta tal punto que acabaron dando cabida a una nueva rama evolutiva: la de los cánidos.

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