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La voz de su amo

baloo

baloo

Ya sabemos que nuestros amigos los peludos cuentan con su nariz para casi todo. Es su sentido más desarrollado. Ahora bien, a pesar de ello, cuando se comunican con nosotros prefieren utilizar la vista para entenderse con nosotros. Seguir leyendo

dog brain

Aunque vivamos juntos —los hemos domesticado—, parece claro que por mucho que se parezcan a sus amos, perros y humanos procedemos de cadenas evolutivas diferentes. Según los expertos, más o menos hace unos 100 millones de años que el árbol genealógico de ambas especies se separó de manera definitiva. A partir de ahí, juntos pero no revueltos, cada uno siguió su propia senda.

Pero como han permanecido fieles a nosotros, algunos investigadores se han preguntado desde hace tiempo por la existencia de elementos en común. Y parece que sí, que en ese largo peregrinar, determinadas zonas de los cerebros de estas dos especies siguen compartiendo elementos comunes. En concreto, aquellas que tienen que ver con el reconocimiento auditivo de las emociones (les suena aquello de que “parece que …su perrit@ le está escuchando y sabe perfectamente cómo se siente). Seguir leyendo

Mareos al viajar

trip

La naturaleza humana resulta a veces muy curiosa en sus manifestaciones. En términos de locomoción, estamos diseñados para valernos por nuestros propios medios. Y lo hacemos en función de nuestra particular anatomía y a un ritmo de marcha concreto. Ningún animal —bueno, siempre hay excepciones, que no todos somos igual de vagos— ha nacido para que lo transporten. De ahí que algunos individuos —se trate de racionales o irracionales— sientan mareos debidos al movimiento al realizar un viaje por, digamos, otros medios no naturales.

Marearse en un trayecto de automóvil, barco o avión no resulta algo extraño, aunque lo curioso es que esta pesadilla nunca se experimenta cuando conducimos el vehículo en cuestión. Como tampoco resulta frecuente que se produzca esa incómoda sensación cuando se viaja en el ferrocarril o en el metro suburbano —a pesar del traqueteo continuo y la velocidad— y, en cambio, sea habitual cuando se opta por el barco, el coche o el avión. Seguir leyendo

El gusto y la obesidad

faty 

La obesidad o, si lo prefieren en positivo, mantenernos en nuestro peso, es una de las obsesiones del humano moderno. Del mismo modo, asociamos a una persona pasada de peso con alguien que disfruta de los sabores, y de los placeres, de una buena mesa.

Pues, aunque no se lo crean, nada más lejos de la realidad. Así que vamos con un nuevo argumento para alimentar esa necesidad de no saturarnos y no desbordarnos por las esquinas: los obesos disfrutan menos de la comida porque son capaces de reconocer menos sabores de los habituales. Increíble, pero cierto. Seguir leyendo

Cantar bajo la ducha (ese que suena no soy yo)

ducha

Hablando — o escribiendo— de la voz, existen dos momentos realmente extraños: cuando nos escuchamos tras habernos grabado o cuando notamos lo potente que sonamos al canturrear en la ducha. En ambas situaciones percibimos, o podemos llegar a sentirlo, que sonamos diferente, que no somos nosotros.

Aunque, como decimos, son momentos diferentes, la respuesta tiene que ver con las cajas de resonancia y las ondas sonoras. La caja de resonancia de nuestro cerebro y también la que forman las paredes de los baños.

El sonido llega al oído por dos vías diferentes y en el caso de nuestra propia voz, simultáneas: por el aire o por vía ósea. Los sonidos que transmiten el aire viajan hasta la clócea —una especie de espiral llena de líquido—, que se encuentra en el oído interno, tras realizar un viaje por el canal auditivo externo, el tímpano y el oído medio. En cambio, el transmitido por vía ósea llega directamente a la clócea a través de los tejidos de la cabeza.  Seguir leyendo

Cariño, ¿no me notas nada nuevo?

mirada

Seguro que usted ha sido víctima o protagonista en algún momento de su vida en pareja de una frase como esta. Cuando esto ocurre, el sujeto mira de arriba abajo y, alarmado, tantea: “¿El vestido?… ¡No! ¿El pelo?… ¡No! ¡Los zapatos!”, exclama nervioso ante la mirada incrédula de su partenaire.

Bien, pues resulta que el culpable de este despropósito no es ni el desinterés ni mucho menos la tan trillada insensibilidad masculina. Los científicos han descubierto al fin que es cierto: hombres y mujeres vemos el mundo de forma diferente. Este desajuste visual tiene su origen en el mayor número de hormonas masculinas, que confiere a nuestros oponentes una receptibilidad distinta. Gracias a ellas los varones, detectan fácilmente los estímulos de movimiento rápido, mientras que nosotras discriminamos y diferenciamos con mayor exactitud las gamas de colores. Seguir leyendo

Aromas con recuerdo

aromas para el recuerdo

Escuchaba el otro día una anécdota sobre un recuerdo con aroma propio. La protagonista presenció un desgraciado accidente en su infancia justo al pasar por la pastelería que cada día aromatizaba su trayecto a la escuela con su fragancia a croissant. Desde entonces, cada vez que percibe olfativamente este manjar de repostería rememora el incidente. Y yo, al escucharla, me interesaba por este sentido cuya fuerza desconocía.

Algunos expertos consideran que el olfato es, de nuestros cinco sentidos, el menos comprendido. Platón opinaba que, comparado con la vista o el oído, “el género de los placeres relativos a los olores es menos divino”.

Desde el punto de vista químico, la olfacción se inicia con la interacción entre las moléculas odorantes y los receptores. El olfato es en parte analítico, como la audición, y se genera como consecuencia de un aprendizaje (por ello, los catadores de vino aprenden a identificar los distintos componentes que contienen los ricos caldos). También posee, como la vista, un carácter sintético. El ojo integra toques de color cercanos unos de otros para obtener una visión de conjunto. De igual modo, el olfato percibe un olor de conjunto, aunque debidamente adiestrado identifique algunos de sus componentes.  Seguir leyendo

Olfato contra delincuentes

olfato contra deliencuentes

El olfato no es nuestro fuerte. Afortunadamente, si estamos a la distancia inadecuada de determinados individuos peleados con el agua y el jabón. Si nos comparamos con los perros, salimos perdiendo por K.O. En este blog, ya hemos comentado en alguna ocasión cómo debidamente entrenados pueden ayudarnos a detectar enfermedades como cáncer o diabetes utilizando tan solo su desarrollada nariz para captar los aromas.

Aun así, nos empeñamos en denominar como sabuesos a los policías eficaces que rastrean la huella del delito. Lo han adivinado, esta historia va de policías y ladrones. Los seres humanos, del mismo modo que tenemos una huella digital, también desprendemos una huella aromática. Somos química y la secretamos por nuestro sistema periférico con un olor característico.

Este olor personal ha convertido a determinados especímenes de perros en una inestimable ayuda para localizar personas, ya sean víctimas de catástrofes naturales —como terremotos o avalanchas—, se hayan perdido y, cómo no, para localizar el rastro de peligrosos delincuentes.  Seguir leyendo

¿Le damos otra vuelta de tuerca al asunto de los sentidos y en particular al olfato?  Seguro que en algún momento de su vida, su madre o padre le tapó la nariz con los dedos para que tomara un jarabe. El objetivo era que abriéramos la boca y meternos la cuchara con el brebaje horroroso. Sin embargo, recuerde, con la nariz tapada el jarabe no sabía tan mal.

Parece que esto nos está indicando que entre el sentido del gusto y el del olfato hay mucho diálogo. Formalmente hablando, el sentido del gusto solamente puede detectar cuatro sabores: dulce, salado, amargo, agrio y el sabor a glutamato, que se llama umami. Por mucho que le demos vueltas y combinemos las acciones de nuestras papilas frente a un alimento, la riqueza de lo que percibimos no sería ni la mitad de lo que es sin nuestro olfato. Eso lo saben bien los grandes chefs. Una demostración de lo que digo consiste en recordar lo insípida y desabrida que está la comida cuando tenemos un catarro.

Y si no, recuerdan, hagan este sencillo experimento: prueben a tomar un caramelo tapándose la nariz. Con suerte percibiremos el dulzor, pero poco más. Solo cuando destapamos la nariz percibiremos si es de fresa, limón o menta. Entonces, ¿para apreciar el sabor de las cosas necesitamos además del gusto el olfato? La respuesta es sí.  Seguir leyendo

Los ojos de las plantas

No deja de sorprenderme la importancia que tiene la luz para los seres vivos. En función del tipo de luz a la que estemos adaptados organizamos buena parte de nuestra existencia. Las serpientes captan el infrarrojo y son capaces de detectar las fuentes de calor incluso en el tórrido desierto. Los insectos perciben una gran variedad de matices en las flores que se escapan a los humanos, porque ven el ultravioleta. ¿Y las plantas? ¿Son capaces de ver?

Formalmente hablando, las plantas no tienen un órgano para ver, pero poseen una gran variedad de pigmentos capaces de captar la luz… Luz, por otra parte, de muy diferentes longitudes de onda. El más conocido, sin duda, la clorofila. Este pigmento de color verde absorbe la luz imprescindible para transformar materia mineral en sencillos azúcares esenciales para crear un sinfín de biomoléculas vitales. Este proceso se denomina fortosíntesis y es apasionante, pero quería ahora remarcar otro pigmento que es todavía, si cabe, más sorprendente. Se llama fitocromo.

La naturaleza parece no equivocarse nunca y las plantas saben el momento exacto en el que tienen que germinar o florecer y lo hacen sin poseer ojos ni sentidos para percibir los cambios de las estaciones. De buena parte de esos procesos tiene la culpa el fitocromo. Es una proteína que tiene dos posibles formas: Pr y Pfr.  Seguir leyendo

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