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Medir y clasificar. Menuda tarea y menudos problemas que a veces acarrea. Los humanos somos especialistas en complicarnos la vida de manera innecesaria; o mejor dicho, nos la complicamos con abyectas intenciones que intenten dejarnos por encima de nuestros semejantes. El concepto de supremacía —que no necesariamente significa estar en la cúspide de la pirámide de cualquier ecosistema— resulta peligroso aplicado al reino animal, pero si se aplica dentro de los especímenes de la misma especie, puede ser malvado.

Está claro que no todos somos iguales, la genética y el ambiente hacen que algunos sobresalgan por sus habilidades, sean intelectuales o físicas. Unas diferencias que podrían aplicarse a las diferentes razas, pero extrapolar esas características especiales a cuestiones como la inteligencia es adentrarse en un mundo complicado y avieso, porque construir una teoría sobre la supremacía de las razas —o arrogarse ser el pueblo elegido— ya sabemos a qué acaba conduciéndonos. Sigue leyendo

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