salud y cambio horario

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Ha pasado un tiempo prudencial desde que entró en la mayoría de los países el horario de verano. Es decir, que se adelantaron las manijas de los relojes una hora. En teoría, esta medida se adopta para aprovechar mejor la luz solar y producir un ahorro en las abultadas facturas de la luz en la mayoría de los países desarrollados. Ya saben, esa manía de los políticos por los recortes y, en general, de los humanos por controlar el tiempo.

Ahora bien, no todo debiera ser la economía, o al menos, no la única variable a tener en cuenta a la hora de tomar medidas trascendentales o que tienen consecuencias. En este sentido, nosotros nos preguntamos si el recibo de la luz es equiparable a la vida. Y no nos queremos poner estupendos, pero lo cierto es que esos desajustes y cambios hacen que aumente en un 25% el riesgo de padecer un ataque de corazón el primer lunes después de producirse el adelanto en los relojes.

Y no es palabrería, un estudio dirigido por el Departamento de Cardiología de la Universidad de Colorado (EEUU) así lo refleja. Algo tan sencillo como cruzar durante cuatro años los datos de los ingresos hospitalarios 72 horas después de la entrada en vigor del nuevo horario con los que se producen en otras épocas del año así lo demuestran.

Todos los animales poseemos un reloj biológico que nos indica cuándo hay que ponerse en acción y cuándo debemos detenernos para descansar. Denominado ciclo circadiano, este reloj ajusta nuestros hábitos de vida y se convierte a la postre en el responsable del correcto funcionamiento de nuestros órganos y de nuestras células.

Modificar este ciclo de manera artificial y arbitraria por mor del capricho de los dirigentes de turno no es algo que esté previsto por la Naturaleza y la consecuencia, lógica por otra parte, es que se produzcan problemas de funcionamiento. El primero y más obvio es que nos roban caprichosamente una hora de sueño y esto está mal, muy mal, porque nos obliga a permanecer unos días reajustando todos los mecanismos —algo así como un jet lag de baja intensidad—.

Pero quizá lo más importante, en términos moleculares, es que, por esa hora, desciende menos la producción de hormonas y eso puede ser grave. Por ejemplo, la reducción de la producción de melatonina supone un riesgo para quienes padecen una depresión o un trastorno mental.

Ya ven que no siempre una decisión económica es compatible con la salud. Es una cuestión de tomar una decisión en un sentido u en otro.

Camino García Balboa, doctora en Química

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